viernes, 9 de septiembre de 2016

JOSEPH BRODSKY: CAPADOCIA

Un poema del último -y póstumo- libro de Joseph Brodsky, Etcétera (So Fort, 1996).
Brodsky (1940-1996) fue un poeta ruso ganador del premio Nobel de literatura en 1987. En “Capadocia”, hace gala de su habitual ironía para contarnos sobre una antigua guerra (año 89 a. C.) parecida a todas las guerras.
Traducción de Alejandro Varelo (Cátedra, 1998).



CAPADOCIA

Ciento cincuenta mil guerreros de Mitrídates, rey del Ponto
-caballería, arqueros, armaduras, espadas, lanzas, cascos, escudos-,
entran en un territorio extranjero llamado Capadocia.
El ejército se ha extendido en varias millas. Los jinetes lanzan alrededor
miradas tenebrosas, siniestras. El espacio, avergonzado de su desnudez,
siente que, con cada paso, lo lejano se convierte con prudencia
en cercano. Sobre todo en las montañas, cuyas
cumbres, igualmente cansadas del púrpura
del alba, del lila del crepúsculo, del albornoz de las nubes,
ganan, debido a la mirada penetrante de los extranjeros, agudeza
marmórea, si no claridad. El ejército parece
desde lejos como un río que serpentea por las piedras,
cuyo nacimiento hace lo que puede para no rezagarse de su 
    desembocadura,
que, a su vez, vuelve la vista de vez en cuando para ver su manantial
    rezagado.
Y cuanto más hacia el este se dirigen las tropas, más se convierte este
    terreno
escaso –como si se mirara a un espejo desde su caos fangoso y perdido-
temporalmente en un fondo impasible y sublime
de la historia. Muchos pies que se arrastran,
maldiciones, tintineo de arreos, de estribos al chocar con la vaina,
alboroto, un bosque de espadas. De repente, con un grito
entrecortado, el escolta de a caballo se queda congelado; ¿es un fantasma, 
    o…? 
En la lejanía, sustituyendo al paisaje, cubriendo toda la meseta,
aparecen las legiones de Sila. Sila, olvidándose de Mario,
trajo aquí las legiones para aclarar a quién,
a pesar del estigma de la luna de invierno,
pertenece Capadocia. Habiéndose detenido, el ejército se está
preparando ahora para la batalla. La meseta, amplia y pedregosa,
por última vez parece un lugar donde nadie ha muerto.
Chispas de hoguera, explosiones de risa, de cantos como “El zorro era 
   astuto”.
Estirado en la piedra desnuda, el cuerpo fornido del rey
Mitrídates contempla el pecho perenne y lechoso, los tendones,
los bucles mojados, los muslos suaves, el torso de un sueño.

Lo mismo contempla el resto de su tropa y también
las legiones de Sila. Lo que demuestra, al menos,
no la falta de elección sino la plenitud de la luna. En Asia
el espacio tiende a ocultarse de sí mismo, y de la frecuente
embestida de la monotonía, en su conquistador; por lo general
en la cabeza, la armadura, la barba que, para facilitar las cosas,
envuelve con la luz de la luna. Bajo este manto plateado
las tropas ya no son un río orgulloso
de su longitud sino un lago manejable cuya profundidad, en apariencia,
es exactamente lo que el espacio, al vivir aquí recoleto, necesita,
ya que esa profundidad es proporcionada a las muchas leguas recorridas.
Por ese motivo a menudo los partos, a veces los romanos (actualmente
ambos) se introducen en Capadocia. Los ejércitos son
esencialmente agua, sin la que ni las mesetas ni las
montañas sabrían cómo son de perfil, y mucho menos

en face. Dos lagos dormidos, con el mismo trozo de carne flotante
en su interior, brillan por la noche como el triunfo de flora sobre
fauna, con el objeto de fundirse, al amanecer,
en un barranco y convertirse en un espejo común muy apropiado
para poseer toda Capadocia: rocas, lagartos, cielos… salvo el óvalo
de nuestros rostros. Sólo, quizá, una gran
águila en la oscuridad de la altura, acostumbrada a las alas y al pico,
sabe lo que hay en el futuro. Mirando hacia abajo con total
apatía, normal en las aves –pues, al contrario que un rey,
un ave es repetible-, un águila que se cierne
sobre el presente se cierne naturalmente sobre el futuro
y, por supuesto, sobre el pasado: en la Historia, en su tardía
representación, en la fricción –la forma en que suena-
de algo temporal contra algo
permanente, de la forma en que las cerillas rayan

el papel de lija, un sueño la realidad, las tropas un terreno. En Asia
los amaneceres son rápidos. Algo gorjea. En cuanto
te levantas, un temblor te recorre la columna vertebral
e infecta de frío a las sombras obstinadas, que se aferran a la tierra,
soñolientas, de patas largas. La neblina lechosa
del amanecer con sus toses, relinchos, bostezos y frases a medias,
con su ruido de armaduras, ordena que se levanten.
Y observado por medio millón de ojos,
el sol pone en movimiento miembros, lanzas, todo tipo de metal afilado,
jinetes, soldados de a pie, arqueros, carros. Los cascos brillan
y las tropas marchan unas contra otras como las líneas
de un libro cerrado  de golpe por la mitad;
como, más apropiadamente, dos espejos, dos escudos; como dos
rostros, dos partes de la suma, en vez de la summa
que da como resultado la diferencia y que resta a Sila
de Capadocia. Cuya hierba –que tampoco nunca
supo qué aspecto tiene- gana más que nadie
de los gritos, el estruendo, el ruido, la sangre coagulada
de estos choques y empujones, mientras sus ojos verdes estudian
detenidamente los añicos de una legión destrozada
y de los partos caídos. Agitando ampliamente su aguda espada, el rey
Mitrídates, sin pensar en nada,
cabalga hacia adelante en medio del caos, de las armas cruzadas, del jaleo.
La batalla parece desde lejos como un “aaagh” cincelado en piedra,
o como el azogue de un espejo que se ha vuelto
loco al ver a su brillante doble.
Y con cada cuerpo que cae desde las filas encima de este claro pedregoso,
el terreno, semejante a una brizna taciturna,
pierde su agudeza, se enturbia en el sur y se enmohece
en el este; la silueta parece recuperar su justo
reinado. Así es como los caídos se llevan al otro mundo
su trofeo: los rasgos de una Capadocia de nadie.

1992
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